Era la noche de la víspera de Semana Santa del año en el que cumplí
dieciséis. Yo estaba en el monte Myodu, rezando y pidiendo, en lágrimas,
respuestas a Dios. ¿Por qué había creado un mundo tan lleno de dolor y
desesperación? ¿Por qué el omnisciente y todopoderoso Dios había dejando
al mundo en el dolor? ¿Qué debía hacer por mi patria sumida en la
tragedia? Lloraba con lágrimas mientras me hacía estas preguntas repetidamente.
Temprano en la mañana de Pascua, después de haber pasado toda la
noche en oración, Jesús se apareció ante mí. Lo hizo en un instante, como
una ráfaga, y me dijo: “Dios siente un gran pesar por el dolor de la humanidad.
Debes tomar una misión especial en la Tierra, que tiene que ver
con el trabajo del Cielo.”
Ese día vi claramente el rostro doliente de Jesús y escuché su voz con
claridad. La experiencia de presenciar su manifestación hizo que mi
cuerpo se sacudiera violentamente, como las hojas en un árbol de álamo
temblón. Yo estaba simultáneamente invadido por el miedo -tan grande
que sentía que podía morir- y una gratitud tan profunda que me parecía
que podría explotar. Jesús habló claramente sobre el trabajo que debería
realizar. Sus palabras fueron extraordinarias, relacionadas con salvar a la
humanidad de su sufrimiento y llevar alegría a Dios.
“No puedo hacer esto. ¿Cómo puedo hacer esto? ¿Por qué me da una
misión de tal suprema importancia?” Estaba realmente asustado. Quería
de alguna manera evitar esta misión. Me aferré al borde de su ropa y lloré.
Del libro : EL CIUDADANO GLOBAL QUE AMA LA PAZ
Reverendo Sun Myung Moon
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